¿Qué haría falta para que la agricultura “alternativa” se volviera mainstream?

agroecologia-mainstream¿De dónde proviene la legitimidad que hace que un sistema alimentario se considere “lo normal”? Reflexiones de Maywa Montenegro sobre los distintos tipos de legitimidad que la agroecología deberá acumular para poder pasar a llamarse “agricultura convencional”.

Título: ¿Qué haría falta para que la agricultura “alternativa” se volviera mainstream?
Origen: Ensia  –  Autor/a: Maywa Montenegro

Sistemas alimentarios innovadores como la agroecología podrían convertirse en la norma si tejemos una red de legitimidad desde la ciencia, la política, la sociedad y los valores.

Nota de la edición: este artículo de The Voices se ha publicado en colaboración con la revista científica Elementa. Se basa en “Toward thick legitimacy: Creating a web of legitimacy for agroecology,” (“Hacia una legitimidad consistente: creando una red de legitimidad para la agroecología”) un artículo revisado por pares publicado el 20 de julio como parte del foro New Pathways to Sustainability in Agroecological Systems (Nuevos caminos para la sostenibilidad en los sistemas agroecológicos) de Elementa.


El sistema alimentario industrializado, según muestran los estudios, está relacionado con las emisiones de efecto invernadero, la proliferación de algas, la contaminación por pesticidas, la erosión del suelo o la pérdida de biodiversidad, por mencionar unos cuantos problemas ecológicos. A esto se le suma toda una serie de daños sociales, desde las tasas de obesidad cada vez mayores hasta la desaparición de la agricultura familiar, o el abandono del paisaje y las economías rurales en buena parte de EEUU.

En 2010, la Academia Nacional de las Ciencias estadounidense actualizaba su publicación de 1989 “Agricultura Alternativa”, examinando de nuevo el estado de la alimentación y la agricultura en Estados Unidos. Su comité de expertos concluía, “La consciencia cada vez mayor de los efectos inesperados asociados a algunas prácticas agrícolas ha conducido a unas expectativas más altas de la sociedad en cuanto a estándares ambientales, comunitarios, laborales y de bienestar animal en la agricultura”.

Aun así, esta mayor consciencia y expectativas más altas no han supuesto que los sistemas agrícolas alternativos se conviertan en la norma en EEUU. La agricultura ecológica se ha abierto paso en cierto modo, pero muchos productores ecológicos se han visto obligados a imitar la agricultura industrial: hacerse más grandes, recurrir al monocultivo en lugar de a explotaciones realmente diversificadas, y vender a los grandes supermercados – perdiendo muchos de los beneficios que ofrecen los sistemas agrícolas alternativos, como el control natural de plagas, la polinización por parte de abejas nativas y una menor escala de producción que favorece la agricultura familiar y las economías locales.

Con lo cual cabe preguntarse, ¿qué es lo que otorga a la agricultura industrial este poder de permanencia a pesar de sus efectos adversos, incluso cuando las alternativas ofrecen beneficios? ¿Y cómo podrían convertirse otros métodos más saludables de producción, como la agroecología convertirse en la norma en lugar de en una alternativa? Para conseguir cambios reales en cómo se producen y consumen los alimentos tenemos que cambiar las expectativas de la gente de lo que supone la agricultura “normal”.

¿Qué es lo normal?

El sistema alimentario industrial se considera “normal”, y se mantiene inexpugnable por varias razones, entre ellas los hábitos de consumo (por ejemplo exigir tomates maduros y de forma perfecta todo el año), intereses políticos y económicos (por ejemplo la influencia de las grandes empresas agroalimentarias mediante sus donaciones a los candidatos o sus labores de lobby), y las prioridades de instituciones y universidades (por ejemplo programas de investigación que favorecen a la biotecnología en lugar de a la agroecología o a la mejora vegetal clásica). El comercio internacional también tiene tiene un papel desproporcionado: los acuerdos entre los negociadores del gobierno estadounidense, las grandes multinacionales alimentarias y grupos como la Biotechnology Innovation Organization influyen en la redacción de acuerdos como el Tratado Trans-Pacífico,facilitando que los resultados de las negociaciones sean favorables a los intereses corporativos.

Sin embargo, bajo los tomates globalizados, presupuestos para investigación y tratados comerciales existe algo menos visible que otorga su verdadero poder al sistema alimentario industrial: algo llamado legitimidad. La legitimidad es lo que hace que un sistema alimentario sea más creíble y “normal” que otro. La legitimidad es lo que hace que a los consumidores les parezca de sentido común comprar refrescos de tamaño extragrande, o que a Walmart le parezca de sentido común anunciar que tienen precios bajos todos los días como algo bueno, ignorando los costes ocultos bajo estos precios bajos. La legitimidad puede ser difícil de definir, porque, aunque es obvio cuando algo ya lo tiene, cómo se consigue no es algo tan claro.

Al igual que una telaraña, podemos pensar en la legitimidad como algo creado por múltiples hilos que se refuerzan entre sí. Esto se debe en parte a que la legitimidad ni siquiera es una cosa en concreto, sino que depende de múltiples patas. Algo puede ser científicamente legítimo si cumple con los estándares de la investigación. Puede volverse políticamente legítimo si es respaldado por la legislación o financiado por el gobierno. La legitimidad puede venir también de la ciudadanía y la confianza social, o la legitimidad práctica de un método que ya ha dado buenos resultados. La gente también puede aceptar algo como éticamente legítimo – puede estar de acuerdo en que es justo y está bien.

La agricultura industrial se sustenta en todos estos tipos de legitimidad a la vez, lo que le otorga lo que podríamos llamar una “legitimidad consistente”. Como una telaraña, la legitimidad consistente se crea mediante múltiples hilos que se refuerzan entre sí.

¿Cómo pueden las alternativas verdaderamente alternativas – las que apoyan los circuitos cortos de comercialización, la producción biológicamente diversa o la distribución justa de tierra, agua, semillas y conocimientos – conseguir esa legitimidad consistente? Para empezar, no deben limitarse a criticar a la agricultura industrial. Necesitan a su vez una estrategia proactiva para reformular las expectativas de la gente sobre lo que debe ser la agricultura.

Tres pasos para una legitimidad consistente

En este caso nos centraremos en la agroecología, pero lo que señalamos abajo puede aplicarse a la agricultura ecológica diversificada, permacultura, agricultura local, movimiento slowfood u otros sistemas agroalimentarios alternativos.

La agroecología puede conseguir una legitimidad consistente a través de tres vías interconectadas: 1) revisar las prácticas de investigación existentes y construir sobre ellas, desarrollando la legitimidad científica; 2) acumular legitimidad en el campo político, práctico y cívico; y 3) centrar la atención en la ética y los valores de los sistemas alimentarios en sí mismos, que retroalimentarán y afectarán a las otras formas de legitimidad.

Legitimidad científica

La agroecología ya es una ciencia en desarrollo. Las universidades con departamentosprogramas de agroecología, revistas dedicadas a la investigación en agroecología y sociedades internacionales como la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología muestran que la base científica de la agroecología está cada vez más aceptada en todo el mundo, al menos dentro de la academia. Aun así, los agroecólogos reciben a menudo la crítica de que su ciencia es más ideológica que empírica, y se basa más en aspiraciones que en realidades aplicables.

Los agroecólogos pueden reforzar la base empírica de su ciencia. Una crítica recurrente a los sistemas agroecológicos es que no es posible que “alimenten al mundo”. Sin embargo, los datos sobre “producción agroecológica” aún están empezando a generarse. Científicos de la Universidad de California, Berkeley, están demostrando que los sistemas ecológicos pueden producir tan sólo un 19 por ciento menos que los convencionales, y un 8 o 9 por ciento menos cuando se alternan los cultivos de un año a otro o se producen varios cultivos a la vez en una explotación. En otras palabras, al añadir nuevas prácticas agroecológicas se obtienen producciones significativamente mejores que la producción ecológica “a pelo”. Y esto se da aun en condiciones de falta de fondos sistemática para la investigación en agroecología y agricultura ecológica. Si se dispusiera de más fondos para investigación en agroecología, quienes defienden el modelo industrial lo tendrían cada vez más difícil para refutar la evidencia de que la agroecología puede competir en cuanto a producción.

Aunque se podría seguir debatiendo sobre el tema de la productividad, reforzando de esta forma la credibilidad de la agroecología en las ciencias agronómicas y en el campo político, no tenemos por qué copiar las mismas lógicas que sustentan el modelo agroindustrial. Muchas de las invenciones del agronegocio, como el monocultivo a gran escala, son el resultado de lo que se conoce como una mentalidad “productivista”: la filosofia de que debe maximizarse la producción de alimentos a expensas de otras variables agrícolas. La ciencia productivista parece haber logrado grandes resultados (por ejemplo en la forma de pesticidas, cosechadoras mecánicas u organismos modificados genéticamente), y promete ahora aportar las soluciones para el cambio climático (por ejemplo sistemas de irrigación más eficientes, drones que analizan los cultivos o cosechadoras dirigidas por GPS). Esta efectividad otorga una gran legitimidad al modelo agroindustrial – de momento.

Sin embargo, no considera una parte crítica de la ecuación: aunque una ideología que ponga la producción en primer plano parece en primera instancia muy legítima, no considera el hecho de que los paísajes agrícolas son ecosistemas complejos que surgen de la interacción entre el ser humano y el medio natural. Las explotaciones que ignoren o no consideren la conexión entre los elementos abióticos (disponibilidad de minerales, nutrientes, viento, precipitación o energía), bióticos (seres vivos) y sociales (necesidades de los agricultores, hábitos de los consumidores, economías políticas de los mercados locales y globales) serán menos resilientes ante los cambios impredecibles, como las sequías cada vez más recurrentes que se dan en California. Al avanzar más allá de la ciencia simplista de la agricultura industrial hacia una ciencia que reconozca esta complejidad, podemos crear sistemas que produzcan no sólo alimentos sino también resiliencia, estabilidad y sostenibilidad a largo plazo, un resultado mucho más valioso que la producción unidimensional de la agricultura industrial.

Una última estrategia para aumentar la legitimidad científica de la agroecología sería capitalizar en una tendencia más amplia de la ciencia reconocer las múltiples formas de conocimiento. La National Science Foundation ha comenzado a otorgar becas a investigadores que quieran desarrollar la ciencia “transdisciplinar” – investigación que combine las ciencias sociales como la etnobotánica, sociología y filosofía con ciencias naturales como la agronomía y la ecología, y que las ponga en diálogo con la experiencia tradicional e indígena de las comunidades campesinas – y seguramente otras organizaciones continúen esta tendencia. La agroecología está bien posicionada para ganar tirón y legitimidad científica a través de programas emergentes de este tipo.

Legitimidad política, cívica y práctica

Para conseguir la legitimidad política, cívica y práctica debemos aprender a hablar de agroecología en formas que puedan ser comprendidas por poblaciones diversas. Esto implica enmarcar la agroecología en términos que puedan ser comprendidos por legisladores, departamentos gubernamentales, grandes empresas y la población en general. En este momento, por ejemplo, un lenguaje especialmente potente que utilizan los funcionarios gubernamentales es el de “costes y beneficios”. Al decidir si controlar un pesticida o si los agricultores deberían tener a las cerdas preñadas en cajas más grandes, el Departamento de Agricultura estadounidense y la Agencia de Protección Ambiental estadounidense emplean a menudo análisis de costes y beneficios, un método que compara cuantitativamente los costes monetarios y los beneficios de una determinada decisión.

Podríamos empezar a utilizar el lenguaje del análisis de costes y beneficios para conseguir más apoyo para la agroecología. Por ejemplo, incluso si se invirtieran unos cuantos millones de dólares en I+D relacionado con la agroecología, los efectos en la credibilidad podrían irse acumulando. Los estudios a largo plazo como los del Rodale Institute que muestran que la agricultura ecológica puede igualar – y, en años de sequía, superar – la producción convencional durante un período de 30 años, podrían convencer a los científicos escépticos, los medios de comunicación, los legisladores y los consumidores, y hacer que se tomaran la agroecología más en serio.

Pero esta estrategia de hablar a quienes tienen el poder tiene éxito, en parte, debido a las estructuras de poder y conocimiento que ya existen. De hecho, la mayoría de los agroecólogos dirían que utilizar un enfoque de costes y beneficios no es lo adecuado. Para deshacer los nudos creados en torno a la tecnología, el capital, la política y la ciencia debemos repensar los mismos criterios que las sociedades utilizan para evaluar los productos de la agricultura. En este momento, estos criterios se centran en la producción cada vez mayor en agricultura y ganadería, que convierte insumos basados en combustibles fósiles en “trabajo” altamente productivo, lo que maximiza los beneficios y alimenta a un gran número de personas a un coste muy bajo. Según estos estándares, el modelo industrial resulta muy eficiente.

Si lo evaluamos teniendo en cuenta otros criterios, sin embargo, nuestro sistema agroalimentario, liderado por la agricultura industrial, resulta terriblemente ineficiente desde casi cualquier ángulo. Sólo en EEUU cerca del 40 por ciento de los alimentos que se producen terminan desechándose en alguna parte de la cadena alimentaria que va desde la explotación agrícola a la nevera de casa. Muchos de los alimentos que se desechan en las granjas son rechazados por las especificaciones de los supermercados, basados en las preferencias de los consumidores. A nivel global, se cree que en torno a un tercio de los alimentos producidos cada año para la alimentación humana – unos 1.400 millones de toneladas – se pierden o se desperdician. Tampoco estamos teniendo en cuenta las “externalidades” del modelo industrial – es decir, los costes económicos ocultos del actual sistema de producción y consumo. Según investigadores de la Universidade Estadual de Londrina, por ejemplo, el coste de la erosión del suelo en Brasil es de 242 millones de dólares al año en el estado de Paraná, y 212 millones al año en el estado de São Paulo. Por otra parte, los investigadores del McKinsey Global Institute estiman que el sobrepeso y la obesidad tienen un coste de 2 billones de dólares en gastos sanitarios a nivel global.

Importantes iniciativas internacionales como The Economics of Ecosystems and Biodiversity (Economía de los ecosistemas y la biodiversidad) y conferencias como la deTrue Costs of American Food (los costes reales de la comida estadounidense) han comenzado a explorar y contabilizar estas externalizaciones. Sin embargo, necesitamos criterios más creativos y exhaustivos para medir nuestros sistemas alimentarios. Estos podrian incluir: ¿tienen los agricultores seguridad alimentaria y un modo de vida estable? ¿Se está compensando adecuadamente a las economías rurales, en lugar de exprimírselas para sacar de ellas gente, capital y biodiversidad? ¿Trata esta explotación a sus trabajadores de forma justa y recicla sus recursos naturales? ¿Tienen acceso las poblaciones urbanas y rurales a alimentos asequibles, culturalmente apropiados y nutritivos?

Aunque ciertamente queda mucho por mejorar, la agroecología ya tiene muchas más probabilidades que la agricultura industrial para ofrecer buenos resultados en cuanto a estos criterios que consideran el sistema en su conjunto.

Legitimidad ética

La trilogía del historiador Taylor Branch sobre la evolución del movimiento de los Derechos Civiles ofrece un punto de vista sobre cómo centrar la atención en la ética y los valores de los sistemas alimentarios puede ayudar a desentrañar la legitimidad consistente del modelo agroindustrial, y construir una nueva legitimidad para la agroecología. Acostumbrados a una cultura de opresión racista, la población negra no creía que podían votar, montar en la parte delantera de los autobuses sin que nadie les molestase o sentarse en el pleno de un Ayuntamiento. Sólo cuando se empezó a rechazar la normalidad de esta cultura – un proceso doloroso que incluía ver cómo golpeaban a sus propios hijos mientras ellos se quedaban mirando – comenzaron a ejercer este poder moral.

De forma similar, podemos retirar nuestro consentimiento tácito a la agricultura industrial como algo normal, debilitando su legitimidad moral. Podemos aceptar simultáneamente la agroecología y otras agriculturas alternativas como sistemas alimentarios “convencionales ” – y de hecho, éticamente mejores. Podemos decir que aunque nos gustan los precios bajos y la disponibilidad de los alimentos producidos industrialmente no queremos los abusos laborales persistentes, la obesidad ni las crisis alimentarias, la contaminación ambiental ni la extracción de recursos que se derivan de esta forma de alimentarnos. Podemos decir que queremos algo que pueda persistir realmente en el tiempo, en vez de contribuir a la carga cada vez mayor de ecosistemas sobreexplotados y personas que están obesas o famélicas.

En contraste al enfoque extractivo de la agricultura industrial, una ética de la renovación insta a las sociedades a revivir y reparar los ciclos ambientales de los que dependen.

Una ética de la renovación podría ayudar a las sociedades a virar hacia una nueva normalidad sostenible. Al rechazar el dominio humano sobre la naturaleza, la renovación insiste en la interdependencia de todos los seres vivos. La renovación implica evitar sistemas de insumos y productos que equivalgan a extracción y contaminación. Implica reciclar la biomasa, los nutrientes y los recursos biológicos, y regenerar la cultura y el conocimiento ecológico entre comunidades y entre unas generaciones y otras. Supone tratar a los seres humanos y la naturaleza como elementos que co-evolucionan, en lugar de como entes separados.

Esta ética puede respaldarse legal y políticamente, y enarbolarse como un derecho medioambiental. Un ejemplo es la propuesta de Bolivia en 2009 para que la Asamblea General de las Naciones Unidas promulgara la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra (“Pachamama”). La declaración obligaría a los gobiernos a “respetar, proteger, conservar y, si fuera necesario, restaurar la integridad de los ciclos ecológicos vitales, los procesos y equilibrios de la Madre Tierra.” Aunque la ONU no ha aprobado aún esta declaración, Bolivia, Ecuador y otros países latinoamericanos han comenzado a insertar cláusulas similares en sus constituciones y legislación.

El derecho humano a la alimentación es otra vía para reforzar una ética regenerativa. Olivier de Schutter, ex relator de la ONU sobre el derecho a la alimentación, sostiene que la agroecología resulta esencial para conseguir globalmente el derecho a la alimentación. La agroecología puede permitir a las sociedades de todo el mundo conseguir progresos rápidos para cubrir las necesidades de muchas poblaciones vulnerables mientras mantienen las bases ecológicas y sociales de los sistemas alimentarios. Muchos gobiernos comienzan ahora a introducir programas anti-pobreza dirigidos a quienes no tienen alimentos suficientes, como la política de Hambre Cero de Brasil, que conecta las explotaciones familiares con los colegios de algunas regiones.

Mientras tanto La Vía Campesina, una organización campesina global, está demostrando la legitimidad práctica, cívica y política de un nuevo movimiento global por la agroecología. Formada en 1993 como respuesta a la globalización y el libre comercio, LVC se ha convertido en el mayor movimiento social del planeta, formado por unos 250 millones de pequeños agricultores, pastores, pescadores y pueblos indígenas de 164 organizaciones procedentes de 73 países. La agroecología se ha convertido en un importante principio del movimiento de LVC, que dice, “La agroecología es la respuesta a cómo transformar y reparar nuestra realidad material en un sistema alimentario y un mundo rural que han sido devastados por la producción industrial de alimentos y sus llamadas Revolucione Azul y Verde. Vemos la Agroecología como una forma clave de resistencia ante un sistema económico que pone los beneficios por encima de la vida.”

Generando Inercia

La buena noticia es que la agroecología ya está empezando a abrirse paso hacia una legitimidad consistente en EEUU.

En Ohio, David Brandt muestra a sus escépticos vecinos cómo los bonos verdes – plantas como el centeno, rábanos o veza – pueden alimentar el suelo mientras no se cultiva maíz y ahorrar costes en fertilizantes y erosión del suelo. En West Oahu, Mala Ai Opio Organic Farm cultiva hileras de lechuga, berza, col china, remolacha, rábano, col rizada, acelga y berenjena junto a sus frutales. Los estudiantes-agricultores están convenciendo a otros agricultores de Hawai’i de que estas técnicas de policultivo indígenas pueden controlar las abundantes plagas de la isla. En bancos públicos por todo el país hay ciudadanos que conservar e intercambian semilla, mientras que los jardineros están aprendiendo a eliminar los metales tóxicos de los suelos urbanos. Los ancianos y estudiantes universitarios de las poblaciones indígenas están poniendo en práctica sutiles actos de resistencia en forma de investigación participativa que contempla la recuperación de tierras para la agricultura pública.

Muy importante, la transformación no viene sólo, ni siquiera fundamentalmente, de personas de una élite blanca. Muchos agroecólogos son agricultores negros, latinos y asiáticos que reclaman su cultura desde los estados sureños hasta el Sur del Bronx. Algunas comunidades indígenas están restaurando la diversidad de semillas y cultural. Algunos son personas que han estado encarceladas y que están labrándose un futuro en la ciudad; otros son emprendedores que se afanan en conectar explotaciones agroecológicas con desiertos alimentarios, de Baltimore a Dallas.

En este momento, la mayoría de estadounidenses siguen aceptando las prácticas de la agricultura industrial como creíbles y dotadas de una cierta autoridad, y al hacerlo consienten el uso y existencia de estas prácticas. Pero existen movimientos que pretenden cambiar esto. Al centrarse en lo que está bien de la agroecología, y no sólo en lo que está mal de la agricultura industrial, podemos convertir la alternativa en lo cotidiano, y lo infravalorado en lo legítimo – y dar a la agroecología la credibilidad y autoridad que se merece.

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